A veces no sabemos tanto como creemos

Conversando con una amiga que trabaja con el gobierno, me contaba con frustración que en su departamento eran pocas las personas disponibles para atender una gran cantidad de responsabilidades y que, para complicar aún más las cosas, algunas decisiones importantes las tomaba una persona que, según ella, parecía estar bastante desconectada de lo que ocurría en el día a día.

La entendí perfectamente.

Nunca he trabajado para el sector público, pero sí conozco esa sensación de impotencia que aparece cuando alguien “más arriba” toma decisiones que, desde donde estamos, parecen absurdas. Es fácil sentir que quienes tienen la autoridad para decidir están viendo las cosas desde un palco y desconectados de lo que realmente sucede sobre la cancha. Y desde nuestra posición, muchas veces vemos con bastante claridad lo que debería hacerse. O al menos eso creemos genuinamente.

Mientras escuchaba su versión de la historia, le hice una pregunta:

—¿Y si tuvieras el puesto de la directora, lo harías mejor?

—Esperaría que sí —me respondió.

—Bueno, eso solo lo sabremos cuando estés en ese puesto. Mientras tanto, estamos especulando.

La conversación me dejó pensando en lo fácil que nos resulta imaginar que haríamos las cosas mejor si estuviéramos en el lugar de otra persona. La jefa, el gerente, la profesora, el alcalde… Siempre parece haber alguien en una posición de autoridad cuyas decisiones nos dan motivos para opinar.

Y no digo que esas opiniones no tengan fundamento. Muchas veces quienes están en posiciones de poder toman decisiones equivocadas. Algunas tienen consecuencias importantes y merecen ser cuestionadas. Que alguien ocupe un puesto de responsabilidad no significa que debamos aceptar todo lo que hace sin preguntar.

Pero hay una diferencia entre cuestionar una decisión y creer que conocemos todo lo que hay detrás de ella.

Cuando observamos una situación desde fuera, normalmente tenemos acceso a solo una parte de la historia: la que nos afecta, la que vivimos o la que alguien cercano nos cuenta. No necesariamente conocemos las restricciones presupuestarias, las presiones internas, las decisiones previas, las opciones que se descartaron, los favores que se deben o las consecuencias que se intentan evitar.

Tampoco sabemos qué información tiene esa persona que nosotros no tenemos. Ni qué compromisos, conflictos o limitaciones está intentando gestionar.

Y, sin embargo, con esa pequeña pieza del rompecabezas nos alcanza para construir una historia bastante completa sobre lo que está haciendo mal el otro.

A veces incluso llegamos a convencernos de que, en su lugar, nosotros lo haríamos mucho mejor. Pero ¿con qué estamos comparando esa supuesta capacidad? ¿Con nuestra experiencia real tomando esas decisiones o con una versión imaginaria en la que tenemos todas las soluciones y ninguna de las dificultades?

Hay algo curioso en esa certeza. Desde afuera, las decisiones parecen más sencillas porque no somos nosotros quienes tenemos que asumir sus consecuencias.

Ahora bien, tampoco creo que reconocer lo poco que sabemos de una situación deba convertirse en una excusa para quedarnos callados. Quien acepta un puesto de responsabilidad también acepta las obligaciones que vienen con él. Y quienes se ven afectados por sus decisiones tienen derecho a preguntar, cuestionar y exigir explicaciones.

Podemos pedir accountability sin convertir cada desacuerdo en un juicio sobre la persona. Señalar que una decisión perjudica a un equipo, que los recursos no están llegando donde hacen falta o que una gestión necesita mejorar, sin tener que concluir que quien está al mando es incompetente, que llegó al puesto por sus conexiones o que no tiene idea de lo que hace.

De hecho, creo que aquí hay dos cosas que pueden convivir: la humildad de reconocer que no conocemos toda la historia y la responsabilidad de no mirar hacia otro lado cuando algo necesita cambiar.

Y hay otra posibilidad que me parece interesante: a veces, ver a alguien ocupar un puesto y pensar que podríamos hacerlo mejor puede ser precisamente lo que nos impulse a intentar buscarlo. Quizá tenemos otras ideas, otras capacidades o una manera distinta de abordar los problemas. ¿Por qué no ir por ese puesto? O alguno con retos similares.

Creo que hay una diferencia importante entre quedarnos en la crítica y preguntarnos qué haríamos nosotros si tuviéramos esa oportunidad. La primera nos mantiene concentrados en los errores ajenos; la segunda nos lleva a preguntarnos qué podemos aportar nosotros.

Porque querer hacer algo mejor implica algo más que tener buenas ideas. También significa estar dispuesto a asumir la responsabilidad de llevarlas a cabo, tomar decisiones que no siempre van a complacer a todos y responder por sus consecuencias. No basta con imaginar cómo haríamos las cosas; hay que estar dispuestos a poner esas ideas en práctica.

Eso no quiere decir que debamos esperar a tener un puesto de autoridad para tener derecho a cuestionar las acciones. Tampoco que solo quienes están en determinada posición puedan proponer cambios. Pero sí podemos preguntarnos si nuestra crítica está abriendo una posibilidad o si simplemente nos está dando la satisfacción momentánea de sentirnos superiores y más capaces que alguien más.

Esa sigue siendo mi respuesta a mi amiga. Si de verdad crees que puedes hacerlo mejor, empieza a prepararte y a buscar ese rol. Pero una cosa es reconocer una oportunidad y otra muy distinta es dar por hecho que ya sabes cómo harías el trabajo sin haber tenido que asumirlo.

Quizá por eso me gusta tanto recordar que solo vemos una pequeña pieza del rompecabezas. No tenemos acceso a todas las circunstancias, a las intenciones ni a las consecuencias que cada persona está intentando gestionar. Y aunque podemos formarnos opiniones con la información que tenemos, conviene recordar que nuestra interpretación no necesariamente cubre toda la realidad.

No juzgar no significa dejar de pensar, de cuestionar o de exigir. Significa no confundir lo que hoy sabemos con todo lo que queda por saber.

Así que la próxima vez que me descubra pensando “yo lo haría mejor”, quiero recordar que tal vez sí. Tal vez tengo algo que aportar y debería buscar la oportunidad de hacerlo. Pero también quiero preguntarme cuánto conozco realmente de la situación que estoy criticando.

Porque a veces no sabemos tanto como creemos. Y reconocerlo no nos quita la libertad de opinar. Más bien, nos puede ayudar a hacerlo con un poquito más de criterio, responsabilidad y humildad.

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