Yo quería una ovación y solo recibí un like
Hace unas semanas pasé varias horas ayudando gratuitamente a alguien con los textos de su página web. Corregí, acomodé, pulí. Le dediqué tiempo y atención, intentando que cada frase quedara mejor que la anterior.
¿Y su respuesta final? Un simple dedito arriba. Por lo menos me dio el pulgar.
Ese famoso emoji de OK 👍, dicen algunos de mis amigos centennials que es pasivo-agresivo. Yo no lo había visto de esa manera, pero, a partir de ese momento, mi lectura fue bastante menos generosa.
—¿En serio? ¿Ni siquiera un gracias? ¡Mae! ¡Qué increíble cómo la gente es malagradecida!
La verdad es que esa vocecita de mi personalidad a la que llamo ego esperaba algo bastante más elaborado. Mínimo un “¡Hey, me salvaste la vida!” en Arial 72, neón rosa y con escarcha. Pero no. Apenas recibió un dedo gordo.
Y claro que me molestó. No voy a decir whatever, porque no fue así. Me molestó la falta de agradecimiento. Para mí, decir gracias no es simplemente cumplir con una norma de educación. Es una manera de reconocer que alguien dedicó su tiempo, su atención y su esfuerzo a hacer algo por nosotros.
Ahí le di campo a mi indignación para que hiciera todo su bochinche y, cuando se quedó sin batería, empecé a repasar con más detalle qué era exactamente lo que me estaba molestando.
Durante mucho tiempo confundí el reconocimiento de los demás con una confirmación de mi propio valor. Si alguien agradecía lo que hacía por esa persona, me sentía apreciada, importante, valiosa. Si no lo hacía, me quedaba dándole vueltas a la situación, preguntándome por qué mi gesto no había sido suficiente para recibir una respuesta distinta.
Con los años he aprendido que mi valor no depende de que alguien me dé las gracias. No necesito una ovación para saber que hice algo bien, ni que otra persona reconozca mi esfuerzo para que ese esfuerzo tenga valor.
Pero aquí hay algo que me parece importante distinguir: que mi valor no dependa del reconocimiento ajeno no significa que yo haya dejado de esperar reciprocidad en mis relaciones.
A mí me gusta sentir que los intercambios que tengo con otras personas construyen conexión. Me gusta dar, ayudar, compartir lo que sé y dedicar mi tiempo. Y también me gusta sentir que del otro lado hay interés, consideración y agradecimiento. No porque esté llevando una cuenta de favores, sino porque así entiendo que estamos construyendo una relación.
Un gracias puede parecer una cosa pequeña, pero a veces comunica mucho: “Vi lo que hiciste. Me di cuenta del tiempo que le dedicaste. Lo valoro”. Y para mí, así es como empieza a construirse la conexión entre dos.
Entonces, ¿dónde está el límite entre esperar reciprocidad y necesitar reconocimiento? Creo que está en lo que hacemos con la respuesta que recibimos.
Puedo sentirme decepcionada porque esperaba un agradecimiento más expresivo. Puedo reconocer que ese pulgar arriba me supo a muy poco. Pero no tengo que convertir esa decepción en una historia sobre mi valor, ni asumir que la otra persona tiene la obligación de responder exactamente como yo quería.
Tampoco tengo que convencerme de que todo me da igual. Hay gestos que agradezco, actitudes que valoro y dinámicas en las que me gusta participar. Y cuando no encuentro ese intercambio, puedo tomar nota y decidir dónde quiero seguir poniendo mi tiempo y mi energía.
Lo que sí puedo elegir es desde dónde doy. Si ayudo porque genuinamente quiero hacerlo, puedo disfrutar el gesto sin convertir el agradecimiento en una condición para sentirme bien conmigo misma. Y si descubro que estoy dando más de lo que quiero dar, también puedo parar. No es obligatorio ofrecer todo lo que podemos ofrecer.
Yo quería una ovación y solo recibí un like. Qué le vamos a hacer. A veces la vida no nos da el reconocimiento que habíamos imaginado, pero sí nos da la oportunidad de descubrir cuánta de nuestra valía seguimos dejando en manos de los demás.
Podemos querer sentir reciprocidad sin convertir cada respuesta en un veredicto sobre nosotras. Aunque no siempre podamos elegir cómo reciben los demás lo que ofrecemos, sí podemos elegir desde dónde lo damos y cuánto de nosotras estamos dispuestas a poner en juego.
Al final, yo sé lo que di y por qué lo di. Y un pulgar arriba no me va a cambiar eso.
