Habitar lo que hemos conseguido

Estaba recordando el brindis de nuestro aniversario de bodas cuando, inspirada por Violeta Parra, le dije a mi esposo:

—Gracias a la vida que nos ha dado tanto.

Y él, con total naturalidad, me respondió:

—Y que nos va a dar más.

Mientras las copas hacían chinchín, yo sonreía y pensaba: ¿qué más quiero yo que me dé la vida?

Durante mucho tiempo tuve una lista bastante clara de cosas que quería conseguir. Quería una casa, un carro, títulos universitarios, formar una familia, viajar, aprender nuevos idiomas. Metas que, de una u otra manera, fueron llegando. Algunas costaron más que otras, pero hoy puedo mirar alrededor y reconocer que muchas de esas cosas que antes imaginaba como parte de mi futuro son ahora parte de mi vida cotidiana.

Tenemos nuestra casa, nuestro carro, nuestra hija, nuestra familia. Viajamos, nos apoyamos y disfrutamos la vida juntos. Tenemos salud, comida en la mesa y amigos con quienes reír. Hemos conseguido muchas de las cosas que alguna vez estuvieron en nuestra lista de deseos. Y sí, es una gran bendición que nos da muchísima alegría.

Sin embargo, seguimos viviendo en una sociedad que nos invita constantemente a querer más.

Más dinero, más reconocimiento, más éxito, más experiencias. Siempre hay un siguiente objetivo, una nueva versión de nosotros mismos que deberíamos alcanzar. Como si estar satisfechos con nuestra vida fuera una señal de que hemos perdido la ambición o, peor aún, de que nos hemos resignado con lo que hay.

Yo más bien creo que mis ambiciones han cambiado.

No es que haya dejado de tener metas. Todavía quiero construir una carrera que me llene, hacer algo que tenga sentido para mí, desarrollar mis ideas y encontrar una manera de aportar y ganarme la vida haciendo algo útil.

Claro que quiero que mis proyectos crezcan y se conviertan en una actividad económica. No me quejaría si empezaran a facturar, pero no necesito alcanzar cifras extraordinarias para considerarlos valiosos. Quiero construir algo propio, que me dé propósito y que disfrute mientras lo hago.

Y creo que ahí está la diferencia.

Antes me preguntaba qué más quería conseguir. Ahora me pregunto cómo habito todo lo que ya he conseguido.

Porque una cosa es alcanzar las metas y otra muy distinta es aprender a vivir dentro de la vida que fuimos construyendo. Podemos pasar tantos años concentrados en llegar a donde queremos que, cuando finalmente llegamos, apenas nos detenemos a disfrutarlo. Casi sin darnos cuenta, ya estamos pensando en el siguiente destino.

¿Y qué pasa con el lugar al que tanto queríamos llegar? ¿Cuándo nos detenemos a disfrutarlo?

Hace poco tuve una pequeña lección sobre esto gracias a Olivia. Le pregunté qué pensaba pedirle a San Nicolás y le sugerí una Barbie de Mattel, de las de verdad, porque hasta ahora ella ha jugado con versiones “baratinis”.

Pero me respondió, con total naturalidad:

“No, gracias, mamá. Ya tengo una”.

¡Wow!

Esta niña siempre iluminándome con sus chispazos de sabiduría. No necesitaba otra muñeca porque ya tenía una. No estaba pensando en una más nueva, más bonita o en la que tenía la vecinita. Simplemente reconocía que ya tenía lo que quería.

Y me pregunto si los adultos podremos hacer lo mismo.

No porque no tengamos derecho a desear cosas nuevas, sino porque a veces confundimos el deseo con la insatisfacción permanente. Como si para mantenernos motivados necesitáramos sentir que algo nos falta. Como si reconocer que tenemos suficiente fuera equivalente a renunciar a nuestros sueños.

Pero no es lo mismo.

Podemos querer una carrera que nos entusiasme y, al mismo tiempo, disfrutar de la vida que tenemos mientras la construimos. Podemos tener aspiraciones económicas sin medir nuestro éxito exclusivamente por cuánto dinero tenemos. Podemos querer viajar a nuevos lugares sin dejar de agradecer el lugar al que volvemos. Podemos seguir creciendo sin tratar nuestra vida actual como una especie de sala de espera.

Quizás también se trata de entender que lo suficiente no es una cifra ni una lista universal de cosas que debemos tener. Lo que para una persona representa abundancia puede ser completamente distinto para otra. Mi esposo tiene sus propias metas, algunas quizás más materiales que las mías, y me parece perfecto. No tenemos que desear exactamente lo mismo para compartir una vida. Lo importante es poder construir juntos sin renunciar a nuestros propios sueños.

En mi caso, cuando pienso en lo afortunada que soy, no se trata solamente de las cosas que tenemos. Pienso en las personas que forman parte de nuestra vida. En mis papás, mi hermano, mis sobrinas y esa familia política tan grande y linda que también es nuestra. En saber que nos queremos, que nos llevamos bien y que estamos ahí los unos para los otros. En las risas cotidianas, en la complicidad y en tener con quién compartir tanto las alegrías como las penas. Esa también es una forma de abundancia, y quizás una de las que más valoro.

No quiero que la costumbre me haga olvidar ese privilegio.

Creo que una de las cosas más fáciles de perder de vista es precisamente aquello que tenemos todos los días. Nos acostumbramos a la comodidad de nuestra casa, a tener a nuestra familia cerca, a compartir la mesa, a saber que hay alguien con quien contar. Y como todo eso forma parte de nuestra rutina, dejamos de verlo como algo extraordinario. Hasta que por alguna razón nos detenemos a pensarlo.

Habitar nuestra vida también implica volver a mirar esas cosas. No para sentirnos culpables por querer algo más, sino para no pasar por alto lo que ya está aquí.

Y quizás por eso me gustó tanto la respuesta de mi esposo aquella noche. Él sigue mirando hacia adelante, imaginando todo lo que la vida todavía puede darnos. Yo, por mi parte, estoy aprendiendo a mirar también a mi alrededor.

Porque sí, ojalá la vida nos dé más. Más salud, más risas, más viajes, más patrocinios, más momentos juntos. Y más capacidad de reconocer todo lo bueno que ya nos ha dado.

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