La pereza de decir que sí

Hay días en los que organizar un plan parece una excelente idea. Hasta que llega el día del plan.

De pronto baja la temperatura, hay que preparar las cosas, bañarse, buscar los abrigos, salir de la casa y subirnos a un tren. Y entonces aparece esa vocecita: ¿pero por qué dije que sí? ¡Ya no quiero ir!

Me ha pasado varias veces, especialmente con actividades que tienen que ver con mi hija Olivia.

Por ejemplo, los playdates en nuestra casa. Me encanta que invite a sus amigas, que jueguen juntas y que se diviertan. Pero antes de que lleguen, inevitablemente pienso en todo lo que implica: preparar la casa, recibirlas, estar pendiente, recoger después. Y más de una vez me he preguntado para qué me metí en esto.

Hasta que las veo corriendo, saltando y riéndose sin parar, y ahí pienso: ¡qué dicha que vinieron!

Algo parecido me pasó hace poco con un desfile. Yo misma había organizado el plan de participar con otra familia. Pero cuando llegó el día, hacía frío, había que maquillarse, preparar a Olivia y viajar en bus. De pronto, mi entusiasmo inicial había desaparecido y solo podía pensar en el esfuerzo que implicaba salir.

Pero fuimos.

Y terminamos viendo a la niña feliz, compartiendo con sus amigas, disfrutando de los fuegos artificiales. Después fuimos a comer rico y nosotros también la pasamos bonito. Al final, había valido la pena.

Me quedé pensando en cuántas veces nuestra primera reacción ante un plan no tiene tanto que ver con lo que realmente queremos, sino con las molestias que imaginamos que tendremos que atravesar para llegar hasta ahí.

Porque a veces no es que no queramos hacer algo, sino que no nos emociona todo lo que tenemos que hacer para conseguirlo. No es lo mismo no querer ir a un lugar que no querer arreglarnos, preparar las cosas y salir del calorcito de nuestra casa para llegar hasta ahí.

Y creo que no siempre sabemos distinguir esas dos cosas.

Hay ocasiones en las que decimos que no porque estamos cansados, porque tenemos otro plan o porque sencillamente no nos interesa. Y está perfecto. No tenemos que aceptar todas las invitaciones ni convertirnos en personas siempre disponibles.

Pero otras veces nuestro no viene de otro lugar. De la resistencia a salir de la rutina, de la pereza, de la incomodidad de hacer algo diferente o de esa terquedad que nos hace aferrarnos a nuestra primera reacción.

El famoso “no me da la gana”.

Y ojo, que tenemos todo el derecho a decirlo. No necesitamos justificar cada decisión ni presentar un informe detallado de por qué preferimos quedarnos en casa. Pero quizás vale la pena preguntarnos si ese no realmente representa lo que queremos o si simplemente es nuestra primera reacción ante algo que requiere un poco más de energía.

Porque no todo “sí” es una buena decisión, pero tampoco todo “no” es necesariamente una forma de autocuidado.

A veces confundimos respetar nuestros deseos con obedecer automáticamente nuestras resistencias. Y terminamos descartando experiencias que podrían hacernos bien sin siquiera darles la oportunidad.

Aquí es donde creo que podemos hacer algo interesante: utilizar esa misma energía que ponemos en nuestro “no quiero” para probar otra posibilidad.

No se trata de obligarnos, fingir entusiasmo ni repetirnos que todo será maravilloso. Se trata de cambiar la pregunta.

En lugar de quedarnos en el “¡qué pereza hacer esto!”, podemos preguntarnos: ¿y si lo intento con curiosidad? ¿Y si voy un ratito? ¿Y si dejo de anticipar todas las molestias y veo qué pasa?

No estamos prometiendo que nos va a encantar. Simplemente estamos dejando abierta una posibilidad que nuestra primera reacción ya había descartado.

Y esto no aplica solamente a las invitaciones o a los planes sociales. También puede ocurrir cuando tenemos que conocer gente nueva, probar una actividad, aceptar una oportunidad o iniciar un proyecto que implica salir de lo conocido.

A veces la resistencia aparece justo antes de hacer algo que podría regalarnos una experiencia encantadora. No porque todo lo incómodo sea necesariamente bueno para nosotros, sino porque a veces estamos tan concentrados en el esfuerzo que implica llegar hasta ahí que perdemos de vista lo que podríamos encontrar cuando finalmente estemos allí.

En mi caso, mi hija es la que crea muchas de estas experiencias. Está en una etapa en la que conocer otras niñas, hacer amigas y compartir actividades es una parte muy importante de su mundo. Y aunque a mí también me gusta socializar, la mayoría de las veces la que necesita un empujón soy yo.

Al final, no soy yo la que va a jugar con sus amigas, pero sí soy la adulta que facilita esos momentos de recreación. La que organiza, limpia, abre la puerta, vigila, prepara las meriendas y crea el espacio para que esos encuentros sucedan.

Y cuando veo lo mucho que disfruta, entiendo que todo ese trabajo previo hizo posible algo que para ella tiene muchísimo valor. Quizás esa sea una de las razones por las que, después de renegar tanto, termino pensando que valió la pena. Y hasta me dan ganas de repetirlo.

Claro que hay días en los que no tenemos energía. Hay ocasiones en las que, después de pensarlo, decidimos que definitivamente no vale la pena. No todo tiene que convertirse en una oportunidad de crecimiento ni cada invitación es para que cuestionemos nuestras resistencias. A veces simplemente necesitamos quedarnos en casa, ponernos pijamas y no hacer absolutamente nada.

Pero me parece interesante reconocer cuándo estamos eligiendo desde lo que realmente queremos y cuándo estamos reaccionando desde la comodidad, el miedo o la terquedad.

Porque quizás la libertad no consiste solamente en poder decir que no. También consiste en no quedar atrapados en ese primer no cuando descubrimos que existe otra posibilidad.

La misma energía que utilizamos para cerrar una puerta puede servirnos para abrirla. Podemos pasar del “no me da la gana” al “bueno, vamos a ver qué pasa”. Sin garantías, sin expectativas enormes y sin obligarnos a disfrutar de todo.

Y si después de intentarlo resulta que no era lo nuestro, tampoco pasa nada. Al menos habremos decidido con más información que la que teníamos desde el sofá de nuestra sala.

La próxima vez que me encuentre pensando “¿por qué dije que sí a esto?”, intentaré recordar que todavía no he llegado a la parte divertida del plan.

Y si al final no la hay, bueno, la próxima vez también podemos aprender a decir que no con cariño y sin drama.

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