Lo que empieza antes de dar un regalo
Durante mucho tiempo, los amigos secretos de diciembre fueron una de esas actividades en las que participaba porque tocaba. En las empresas era bastante común organizar dinámicas con regalos y, aunque me hacía gracia la idea, casi siempre terminaba con una sensación de “salí perdiendo”.
Yo me tomaba el asunto bastante en serio. Si había un presupuesto establecido, generalmente lo superaba. A veces porque no conocía demasiado a la persona que me había tocado y terminaba comprando lo más caro de su lista. Otras, porque dejaba las compras para último momento y me tocaba correr a la primera tienda abierta, pagando más de lo que había planeado.
Pero, al mismo tiempo, esperaba que los demás hicieran un esfuerzo parecido. No necesariamente que gastaran más dinero, sino que al menos prestaran atención a la lista de regalos, que pensaran un poquito en la persona que les había tocado y que se involucraran en la dinámica.
Recuerdo particularmente un amigo secreto en el que jugábamos todos los viernes de diciembre. Cada semana recibíamos un pequeño regalo y el último viernes correspondía al regalo grande. Pues bien, a mí me entregaron el regalo grande el primer viernes. Cuando lo vi pensé: ¡ay, se equivocaron! Y efectivamente, así había sido. La persona que tenía mi nombre no estaba pendiente del calendario y había confundido las fechas.
El problema fue que, después de entregarme el regalo caro, ya no recibí nada durante los otros viernes. Mientras los demás abrían sus regalos, yo me quedaba viendo el juego desde mi silla, sin participar, porque mi amigo secreto ya había agotado su presupuesto conmigo.
¡Qué cólera! Y no por los regalos que no recibí, sino porque me sentía como una niña a la que habían dejado por fuera. Y todo por culpa de alguien que ni siquiera se había tomado cinco minutos para enterarse de cómo funcionaba la dinámica. Si vamos a participar en algo, por lo menos comprometámonos a hacerlo bien, ¿no?
Esa era más o menos mi actitud agridulce, hasta que conocí a Sandra, una compañera colombiana con quien compartí tres amigos secretos. Y Sandra era otra cosa.
Recuerdo que algunas veces le tocaron regalos bastante equis. Sin embargo, ella siempre participaba con una sonrisa enorme. No parecía quedarse enganchada en lo que había recibido ni comparar el esfuerzo que había puesto ella con el de la persona que le regalaba.
Un día le pregunté si no le enojaba esforzarse tanto buscando algo bonito para otra persona y terminar recibiendo algo que nada que ver.
Su respuesta me sorprendió:
—Para nada. Me pone feliz buscar algo lindo para la otra persona, que ni se lo espere, y luego ver una sonrisa. Yo participo porque es divertido. Si fuera para que me den exactamente lo que quiero, iría yo misma a comprármelo.
¡Y tenía toda la razón! Si lo que queremos es recibir exactamente ese regalo espectacular que tenemos en mente, probablemente sea más sencillo ir a comprarlo nosotros mismos.
Pero había algo más en Sandra. No solamente disfrutaba buscar regalos, sino que se tomaba todo el proceso con muchísimo entusiasmo. La gente incluso decía: “¡Ojalá mi nombre lo saque Sandra!”. Se había ganado la fama de ser una excelente amiga secreta porque siempre encontraba cosas especiales y no parecía importarle demasiado salirse del presupuesto.
También cuidaba muchísimo la presentación. Mientras algunas personas entregaban el regalo en la misma bolsa de la tienda, Sandra se ocupaba de envolverlo bonito, de preparar cada detalle. Para ella, la experiencia empezaba antes de que la otra persona abriera el regalo.
Eso se me quedó grabado.
Con el tiempo empecé a entender que había algo en su manera de participar que yo no había considerado. Yo estaba demasiado concentrada en la parte que me correspondía recibir: en si la otra persona había prestado atención, si había respetado el presupuesto, si había pensado en mí con el mismo cuidado con el que yo lo hacía.
Sandra, en cambio, parecía encontrar buena parte de la diversión en lo que sí estaba en sus manos. En buscar, elegir, sorprender y preparar algo especial para alguien más. No necesitaba que el regalo que ella recibiera estuviera a la altura del que había dado para pasarlo bien.
Y no es que ahora crea que debemos conformarnos con cualquier cosa o que no tengamos derecho a esperar algo bonito de los demás. Una cosa es que alguien no acierte con nuestros gustos y otra muy distinta es que le importe un pepino el juego en el que aceptó participar.
Y así fue como empecé a notar dónde estaba poniendo mi atención.
El año pasado, en Navidad, unos amigos nos invitaron a participar en el amigo secreto de su familia. Cuando nos preguntaron si queríamos apuntarnos, aceptamos enseguida.
A mí me tocó precisamente la amiga que nos había invitado. No había puesto nada en su lista y, aunque la conocía, no tenía tan claro qué podía gustarle. Sabía que era ceramista, así que empecé a pensar en algo que pudiera conectar con ese lado creativo.
Terminé eligiendo un libro que había escuchado recomendar a varias amigas artistas: The Artist’s Way, de Julia Cameron. También le regalé un pequeño kit para aprender a tejer. Pensé que podía ser divertido para alguien a quien le gusta trabajar con las manos experimentar con distintos materiales.
Me tomé mi tiempo pensando en el regalo. Hasta terminé buscando en internet qué cosas se le podían regalar a un Capricornio. ¡Pero las listas eran tan genéricas que no me ayudaron en nada! Al final, preferí confiar en lo que sabía de ella y en lo que me parecía que podía gustarle.
También me puse a dibujar tarjetitas para identificar quién le regalaba a quién, intenté forrar todo de la mejor manera y me entretuve con esos pequeños detalles que hicieron que el intercambio fuera más especial.
Cuando mi amiga abrió el regalo, me comentó que a veces uno obsequia algo que también necesita. Y tenía razón: yo llevaba tiempo queriendo leer algo sobre cómo desarrollar mi lado creativo. Así que decidimos hacer el programa del libro juntas.
Lo que había empezado como un regalo de amigo secreto terminó convirtiéndose en algo que compartimos. Las dos hicimos el programa durante más de tres meses y fue un viaje lindísimo. Yo había pensado en algo que pudiera sumarle a ella, pero terminé encontrando algo que también me hacía falta a mí.
No sé si Sandra imaginó que aquella conversación entre compañeras se me quedaría tan grabada. Probablemente no. Pero me alegra haberla conocido y haber aprendido de esa manera tan suya de encontrarle gusto a las pequeñas cosas. Al final, hasta una dinámica que podría parecernos una tontería puede convertirse en una fuente de mucho gozo cuando encontramos nuestra propia manera de vivirla.
Y quizás esa sea una forma de abundancia que a veces pasamos por alto: reconocer todo lo que podemos disfrutar cuando dejamos de poner nuestra atención exclusivamente en lo que esperamos recibir.
Hoy pienso en Sandra cada vez que me entusiasmo buscando un regalo, pensando en cómo envolverlo o preparando algún detalle para hacerlo especial. Y me doy cuenta de que, sin proponérmelo, terminé encontrando una parte del juego que antes ni siquiera consideraba.
Porque al final, lo lindo no empieza cuando entregamos el regalo. Está en todo lo que hacemos antes de ponerlo en manos de alguien.
