Las máscaras que nos ponemos

Hace un tiempo pasamos casi dos horas maquillándonos para una fiesta de disfraces. Olivia estaba feliz, posando como modelo frente al espejo, mientras a mí me temblaba el pulso tratando de hacerle el delineado. No soy especialmente hábil maquillando para estas ocasiones, pero mi clienta quedó encantada con el resultado.

Una familia belga-peruana nos había invitado a su casa y, aunque a mí me emociona conocer personas nuevas, mi esposo y Olivia son más tímidos. Así que la invitación implicaba dejar la comodidad de nuestra sala y llegar a un lugar donde no conocíamos prácticamente a nadie.

Pero fuimos. Y valió totalmente la pena.

Olivia se divirtió muchísimo. Se puso a jugar con otras niñas que hablaban francés, flamenco y español. Y aunque la mayoría tenía alguna raíz latinoamericana, las niñas no necesitaban compartir un idioma para entenderse. Se tocaban el hombro y decían: “¡bú!”, y ahí salían corriendo de un lado a otro. Eso era suficiente para que la pasaran bien.

Yo las observaba y pensaba en lo fácil que parece ser para los niños acercarse a otras personas. No necesitaban averiguar si tenían los mismos intereses, si se iban a caer bien o si compartían suficientes ideas para empezar a jugar. Simplemente se acercaban, se tocaban el hombro y listo.

Los adultos somos bastante más complicados.

Antes de llegar a un lugar donde no conocemos a nadie, podemos pasar un buen rato imaginando cómo será el encuentro. ¿De qué vamos a hablar? ¿Tendremos algo en común? ¿Qué impresión vamos a causar? A veces parece que necesitamos tener una pequeña estrategia preparada antes de cruzar la puerta.

A mí, por suerte, me encanta romper el hielo. Soy curiosa por naturaleza y, como periodista, preguntar es casi un deporte. No necesito dominar un idioma para acercarme a alguien. Siempre puedo encontrar una pregunta que dé pie a una charla.

En aquella reunión, por ejemplo, bastaba con preguntar por el disfraz para que quienes estaban allí empezaran a compartir anécdotas. Y de ahí surgían otros temas. No hace falta empezar con una pregunta trascendental ni encontrar de inmediato algo que nos conecte para siempre. A veces basta con interesarse genuinamente por la persona que tenemos enfrente.

Pero incluso a quienes disfrutamos conocer personas nuevas nos resulta más fácil relacionarnos con otros adultos usando alguna máscara. Y no me refiero solamente a las que adornaban los disfraces de aquella noche. Me refiero a esa versión de nosotros mismos que vamos ajustando según el lugar, las personas y las circunstancias.

Nos editamos.

Elegimos qué contar, qué preguntar y qué opiniones compartir. A veces lo hacemos por cortesía; otras, porque entendemos que no todos los espacios son adecuados para todas las conversaciones. La primera vez que me presentan a alguien, probablemente no voy a empezar hablando de política, religión o dando opiniones que pueden terminar en un debate controversial e interminable.

No necesito expresar todo lo que pienso en cada encuentro. Me gusta escuchar, encontrar puntos en común y procurar que quienes están conmigo la pasen bien. Después habrá otras cenas, otras salidas y quizás más confianza para hablar de asuntos en los que no estamos de acuerdo.

Con los años también he aprendido que no vale la pena repartir opiniones como si fueran confites. No me van a dar plata por hacerlo y, además, no necesito convencer a nadie de lo simpática o inteligente que soy.

También creo que hay una diferencia importante entre elegir cómo y cuándo expresarnos y sentir que tenemos que convertirnos en alguien distinto para que los demás nos acepten. Lo primero puede ser consideración; lo segundo puede terminar alejándonos de nosotros mismos.

Y no siempre es fácil reconocer dónde está esa línea. Porque, por supuesto, queremos ser respetuosos. Vivimos rodeados de personas con historias, culturas, creencias y experiencias diferentes a las nuestras. No tenemos por qué saberlo todo ni utilizar siempre las palabras perfectas. Pero sí podemos escuchar cuando alguien nos explica algo que desconocíamos, hacer preguntas con curiosidad y estar dispuestos a aprender.

El problema aparece cuando dejamos de sentir que podemos relacionarnos espontáneamente porque estamos demasiado ocupados revisando mentalmente cada palabra antes de decirla. Cuando el miedo a equivocarnos pesa más que las ganas de acercarnos a alguien que acabamos de conocer.

Relacionarnos implica exponernos un poco. No siempre entenderemos todas las referencias o tendremos una respuesta brillante. A veces diremos algo que no se entenderá como lo habíamos imaginado. Y ahí también hay espacio para aclarar, preguntar, disculparnos si hace falta y continuar. No todos los intercambios tienen que salir perfectos para que puedan ser buenos.

Quizás por eso me llamó tanto la atención observar a Olivia aquella noche. Mientras los adultos llegábamos con nuestras reservas y nuestras maneras de presentarnos, ella simplemente estaba jugando. No necesitaba saber demasiado de las otras niñas para compartir un momento divertido con ellas. Tampoco necesitaba que fueran iguales a ella.

No se trata de que los adultos volvamos a relacionarnos exactamente como los niños. Ya hemos aprendido a reconocer límites, a cuidar nuestra intimidad y a elegir mejor con quién compartimos determinadas partes de nuestra vida. Eso también es parte de madurar. Pero me pregunto si, en medio de todo ese aprendizaje, no habremos complicado un poco más de la cuenta algo que podría empezar de manera mucho más sencilla.

Con otro pisco sour en la mano y mi esposo ya completamente integrado a la mesa, me sentí agradecida. Por la invitación, por las nuevas caras, por las risas y por esa oportunidad de compartir con personas que, de no haber sido por aquella reunión, probablemente nunca habríamos conocido.

A mí me gusta pensar que siempre hay gente linda por conocer. No necesariamente personas con quienes vamos a compartir todas nuestras opiniones, aficiones o maneras de ver la vida. A veces ni las volveremos a ver. Pero cuando se dan estas oportunidades, es bonito poder pasar un buen rato, descubrir algo nuevo y compartir momentos que no teníamos planeados.

No necesitamos estar de acuerdo en todo para disfrutar de la compañía de alguien. Tampoco tenemos que mostrar todas nuestras cartas en el primer encuentro. Podemos ser considerados sin dejar de ser nosotros mismos, escuchar sin tener que coincidir y acercarnos sin saber de antemano cómo va a terminar el encuentro.

Aquella fiesta me recordó que socializar no siempre necesita tantas condiciones previas. A veces empieza con una pregunta sobre un disfraz, tres palabras en un idioma extranjero y un simple “¡bú!”.

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