Llegó quien tenía que llegar
Hay algo emocionante en los minutos previos antes de empezar un evento y ver quién está ahí. Es una mezcla de curiosidad y ansiedad. El corazón se acelera un poco. La garganta se seca. Y luego… it’s show time!
Hace un tiempo celebré el inicio de un proyecto personal. Envié varias invitaciones, preparé el encuentro online y esperé a que empezaran a aparecer las personas en la pantalla.
Aunque el 100% de las invitadas confirmó su asistencia, solo llegó el 70%.
Y entonces apareció la voz de la bruja en mi cabeza. Es bastante necia, no se calla y, en cuestión de segundos, ya tenía una historia completa.
“No se puede confiar en la gente. Dicen una cosa y hacen otra.”
“Si de verdad te quisieran, habrían venido.”
“Qué irrespeto. Al menos pudieron avisar que no venían.”
Lo curioso es que las historias de la bruja siempre llegan disfrazadas de hechos. Nunca empiezan diciendo: “Ahora voy a darte un punto de vista.” Llegan con tono de verdad absoluta.
Hace falta algo de entrenamiento para no creerse esa historia a la primera.
Yo, por varios años, creí sin poner en duda la voz de la bruja resentida.
Hasta que un día, por obra y gracia…, escuché también otra voz, mucho más amigable, que me decía:
¿Y si esto verdaderamente no es personal?
Tal vez alguien pasó la noche en el baño.
O se levantó sin electricidad.
O simplemente tuvo un imprevisto.
Son muchas historias posibles. No tengo todos los hechos para saber cuál es la verdadera.
Lo único que sé es que la mía tampoco lo es.
Cada vez acepto mejor que mis proyectos pueden ser el centro de mi universo, pero no del de nadie más. Cada uno carga con preocupaciones, tareas, alegrías y dolores que los demás ni imaginamos. Por eso empiezo a confiar en que a mi vida llegan quienes tienen que llegar.
Eso no vuelve agradables las ausencias. Pero evita convertirlas automáticamente en un rechazo.
Lo bueno de este tipo de fiestas es que no hay que calcular la comida, ni llevar pastel. Al menos por ese lado, yo ya iba ganando.
Ese día dejé de darle tanta importancia a las personas que no habían llegado.
Y empecé a mirar con otros ojos a las que sí estaban allí.
La conversación fluyó, nos reímos, celebramos y, sin darme cuenta, la fiesta online terminó siendo exactamente lo que necesitaba que fuera.
Durante mucho tiempo medí el éxito de las cosas que organizaba por quienes habían faltado. Y olvidaba por completo a quienes sí habían hecho el esfuerzo de estar.
Desde entonces, cuando veo invitaciones sin responder, intento no quedarme imaginando por qué. Dejé de contar las ausencias y prefiero agradecer las presencias. Porque la vida, casi siempre, hace que llegue quien tenía que llegar.
