Probándome la ropa y la paciencia
El otro día fui a una de esas tiendas que tienen una ayudante en los vestidores. Llevaba varias prendas para probarme cuando la muchacha me explicó que, si no las compraba todas, tenía que acomodarlas de vuelta en sus respectivos ganchos.
Fue terminar de escuchar la palabra ganchos para que mi mente empezara a despotricar:
—¿Perdón? ¿Ahora yo tengo que hacer su trabajo? ¿A usted no le pagan por acomodar? ¡Me dan ganas de dejarle todo aquí tirado!
Y no paraba. ¡Qué horror estas cadenas de tiendas! Por eso la gente prefiere comprar por internet. Dan un servicio al cliente pésimo. Y yo, por supuesto, convencida de que tenía toda la razón para indignarme. O al menos eso pensaba durante esos dos minutos eternos.
Luego vino el momento de contestarle:
—Entendido.
Entré al vestidor y respiré profundo. ¿Qué diantres acababa de pasar? ¿Por qué estaba tan enojada?
El hecho puntual era que una vendedora acababa de informarme de algo y yo había llevado su frase a una interpretación extrema de irrespeto. Ya tenía una historia completa: sabíamos quién era el personaje malo y quién era la víctima. Todo un drama. ¿Qué banda sonora le ponemos a esta película?
Pero bueno, como mi diálogo era interno y no tenía a nadie a la par para que me apagara el fuego, me tocó a mí misma buscarle la salida y empezar a hacerme otras preguntas.
¿Y si ella simplemente estaba siguiendo las instrucciones de la empresa? ¿Y si les repetía la misma frase a absolutamente todas las clientas que pasaban por el vestidor? ¿Y si aquello no tenía nada de personal, ni de ofensivo, ni de extraordinario?
Para mi beneficio, aquellas preguntas empezaron a calmarme y conseguí recuperar la tranquilidad. Pude seguir probándome la ropa con todo detalle, ahora sí, en el pantalón número tres.. Sí, en el tercero, porque cuando estaba con los dos primeros todavía andaba demasiado metida en mi pelea interna y ni siquiera me di cuenta de cómo me quedaron.
Por fin estaba totalmente concentrada en la ropa. A lo que había ido originalmente. Este me queda largo, este muy tallado… ¡Este está perfecto!
Me pasé una buena media hora en el vestidor y, para entonces, ya casi ni me acordaba de la primera interacción. Había pasado, sí, pero yo había cambiado la forma de verla. Y ahora hasta me estaba riendo de lo exagerada que puedo llegar a ser.
Esto me hizo pensar en otras ocasiones en las que he tenido interacciones incómodas y salto de una a pensar: “Me estás faltando el respeto”, “Te estás aprovechando”, “Cuidá tu tono”.
Y tal vez lo más difícil es reconocer cuándo realmente tenemos razón. ¿De verdad se están cruzando límites o estamos interpretando una situación de manera exagerada, desde las expectativas de nuestro orgullo o esa necesidad tan humana de querer que todo el mundo nos trate bien y bonito?
Ese bendito momento de pausa entre escupir fuego y preguntarme si mi primera interpretación es correcta puede cambiarlo todo. Porque ahí aparece otra posibilidad. No tengo que convencerme de que todo está bien ni fingir que algo me gusta cuando no es así. Pero puedo, sencillamente, considerar que quizá hay otra manera de entender lo que acaba de pasar y darle la oportunidad de presentar su caso.
En el vestidor, podía haberlo resuelto mucho más rápido: asentir, medirme la ropa, devolverla a los ganchos y seguir con mi día. Mi dignidad no dependía de quién colgara los pantalones. No estábamos en una lucha de poder; yo podía seguir con mi día sin necesidad de entrar en una batalla.
Lo curioso es que probablemente aquella muchacha se olvidó de mí en el momento en que salí de la tienda. Yo, en cambio, convertí una instrucción sobre unos ganchos en una pequeña novela sobre el respeto, el orgullo y las ofensas. Una prueba más de que la mente tiene una capacidad extraordinaria para hacer películas aun sin presupuesto.
La anécdota me sirvió para reforzar mi nueva práctica de observar el momento en el que algo o alguien me molesta y mi mente decide al instante lo que significa. ¿Me están irrespetando? ¿Me están ignorando? ¿Están siendo injustos conmigo?
Puede que algunas veces sí estén pasando todas esas cosas. Pero otras veces vale la pena detenerse y preguntarse si la primera interpretación es la única posible.
Porque entre lo que alguien hace y lo que yo interpreto que significa sobre mí hay un espacio. Y en ese espacio quizá pueda encontrar otra manera de mirar la situación, una que no me obligue a sentirme atacada ni andar a la defensiva todo el tiempo.
No siempre lo consigo tan rápido. Todavía hay situaciones en las que mi ego llega primero, se instala cómodamente y empieza a redactar el alegato. Pero al menos ahora sé que puedo escucharlo sin tener que darle automáticamente la razón.
