El formato cambia el propósito permanece

En septiembre de 2025, hace poco más de un año, estaba preparando la bienvenida al otoño y también la primera reunión de mi Club de Lectura en Bélgica. Era un proyecto que me hacía muchísima ilusión. Ya había tenido un club en Costa Rica y me encantó la experiencia, así que quise replicarlo al otro lado del charco.

Tenía alrededor de 20 mujeres apuntadas y estaba emocionada imaginando aquella primera llamada: las presentaciones, las conversaciones y todo lo que podía surgir de ese encuentro.

Pero el día anterior amanecí con el oído completamente tapado. Después de varias horas en el hospital, exámenes y una visita de emergencia a la otorrina, salí con antibióticos y la cabeza zumbando.

Mi esposo me sugirió que quizá sería mejor cancelar la reunión. Pero decidí que no. Ya tenía varias confirmaciones y me sentía responsable de estar ahí. Así que, al día siguiente, a la hora acordada, abrí la videollamada.

Y entonces ocurrió algo que no estaba en mis planes: ninguna de las personas que habían confirmado apareció.

Las que sí se conectaron, curiosamente, no habían confirmado. Ahí estaba yo, en la primera reunión del club, frente a un grupo completamente distinto al que había imaginado.

¿Mi emoción? Enojo. Me molestó la irresponsabilidad de quienes habían confirmado y después no aparecieron. Mi papá me enseñó algo que siempre he tenido muy presente: si digo que sí, es sí; si digo que no, es no. Para mí, la palabra tiene un valor y me cuesta aceptar que otras personas parezcan no darle la misma importancia.

Pero bueno, la reunión ya había empezado y había personas al otro lado de la pantalla. Así que respiré, saludé y comenzamos.

El libro que inauguró nuestro club fue El hombre en busca de sentido, de Viktor Frankl. Y no pude evitar encontrarle cierta gracia a la coincidencia. Ahí estábamos, hablando precisamente del sentido, mientras yo intentaba encontrarle sentido a una reunión que no estaba saliendo según lo planificado.

Me gusta ver la sala llena. Me encanta cuando hay muchas personas participando, cuando se cruzan distintas opiniones y cuando una conversación va tomando caminos no previstos. Y aquel día, aun con participantes que no esperaba, también disfruté muchísimo de las conversaciones que surgieron.

Y aquí viene lo curioso. Más de un año después, el club sigue reuniéndose mensualmente. De las 20 mujeres que se apuntaron inicialmente, solo queda una participante original. Otras han ido llegando en distintos momentos y el grupo ha ido tomando su propia forma.

Hoy entiendo que aquella primera reunión no tenía que ser necesariamente como la había idealizado para convertirse en el comienzo de algo que todavía existe.

Creo que a veces nos aferramos tanto a la idea de cómo deberían suceder las cosas que olvidamos por qué empezamos. Y cuando la realidad toma otro camino, podemos llegar a sentir que fracasamos.

Aunque sigo queriendo ver la sala llena y me sigue haciendo ilusión que nuevas mujeres se sumen al club, he aprendido que no necesito que cada encuentro tenga el formato que imagino para reconocer el valor de lo que estoy construyendo.

El formato ha cambiado, las participantes también, pero el propósito permanece. Y por eso seguimos.

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